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sábado, 15 de diciembre de 2012

Luis Rubio sobre el "Pacto por México"


EL ABUSO DE LA MONCLOA


Luis Rubio (CIDAC)



El gran ausente en la política mexicana es un acuerdo sobre el cómo. A pesar de ello, todo mundo está enfocado en el qué. El Pacto firmando la semana pasada tiene un enorme simbolismo político por tantos años de polarización y no pretendo minimizar su trascendencia. Pero el desencuentro central de la política mexicana reside en el cómo, porque esta carencia impide conducir los asuntos públicos de una manera sana, sensata y para beneficio del desarrollo y de la ciudadanía. Por necesidad, un pacto sobre el qué acaba siendo vago y general, algo inevitable porque no es posible, ni lógico o deseable, pretender un acuerdo detallado sobre objetivos.

La elección presidencial de hace unos meses decidió quien gobernaría al país y con qué programa. El proyecto presentado por el candidato ganador es distinto al de los otros partidos y ese es el que presumiblemente servirá de base para el nuevo gobierno. No tiene por qué haber disputa respecto al hecho de que los objetivos que perseguirá Peña Nieto sean distintos a los que preferirían otros partidos: eso es lo que los electores decidieron. A los otros partidos o a muchos mexicanos nos podrá gustar o no lo que propone, pero la regla del juego -el voto en las elecciones- decidió el programa a seguirse. Es decir, el procedimiento para optar fue el electoral; una vez que los electores tomaron una decisión, lo que sigue es apegarse al resultado y consensar los objetivos tanto como el entorno lo permita y las necesidades de legislación lo requieran.

En una democracia, los procedimientos constituyen la clave de la convivencia pacífica. Los procedimientos sirven para escoger a quien nos gobernará, a quien servirá de contrapeso en el congreso y cómo se vigilará al gobierno para que no abuse. Las reglas del juego que conforman la operación del sistema político son la clave del funcionamiento del país y es ahí donde estamos atorados. Es ahí donde debemos enfocarnos.

Los objetivos comunes siempre son inevitablemente abstractos. Por eso es indispensable acordar procedimientos. De por si, no existe acuerdo respecto a cosas tan elementales como que las elecciones deciden quién nos gobernará o sobre la forma en que se supervisará al gobierno en funciones. En una democracia madura, los actores -partidos, funcionarios, políticos, legisladores- aceptan los procedimientos como sacrosantos y se dedican a competir por sus objetivos y programas en el plano electoral. Pasadas las elecciones, cada quien se apega a la función que le corresponde: unos como gobernantes, otros como contrapeso. Pero en el México de hoy todo mundo quiere gobernar y el gobierno no quiere ser vigilado. Así no es posible avanzar.

Para resolver estos entuertos, es frecuente la invocación de los pactos de La Moncloa como modelo a seguir. El planteamiento es un tanto enigmático porque se le atribuyen características que no fueron las relevantes.

Los pactos de La Moncloa no acordaron "el qué". El tema en la agenda en aquel momento era relativo a precios y salarios, asuntos cruciales pero de menor trascendencia política. La trascendencia de aquella reunión en particular tuvo que ver precisamente con lo que en México no hemos logrado: acuerdos de procedimiento. 

En un contexto complejo luego de la muerte del dictador, Adolfo Suárez enfrentaba severos problemas económicos. Además, aunque Franco había dejado una estructura de sucesión de su preferencia, España vivía una enorme efervescencia y expectación política. El resto de Europa avanzaba en su proyecto unificador y España languidecía. En teoría, Adolfo Suárez pudo haber intentado navegar el momento económico y salir adelante con los instrumentos que tenía a su alcance. Sin embargo, su genialidad y grandeza política residió en el hecho de que optó por convocar a todas las fuerzas políticas para unificar al país y establecer un acuerdo sobre los procedimientos que servirían para conducir el futuro de su nación.

Más allá de los temas específicos que se acordaron en aquél día en 1977 (muchos económicos), los dos temas trascendentes fueron, primero, el hecho de que ahí estaban presentes todas las fuerzas políticas y económicas relevantes, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, los empresarios y los sindicatos. Luego de décadas de exclusión, la presencia de todas esas fuerzas, comenzando por figuras icónicas venidas del exilio como Dolores Ibárruri La Pasionaria y Santiago Carrillo, cambió el contexto nacional. La presencia hablaba por sí misma. 

Segundo, de haber pretendido Suárez imponer su visión del mundo, todo el entramado que condujo a esa reunión se habría venido al suelo. Suárez propuso la adopción de un conjunto de temas específicos relativos al momento español (y que fueron aprobados por Las Cortes en los días sucesivos). Pero la clave de los Pactos fue la aceptación implícita de la legalidad franquista mientras se redactaba y adoptaba una nueva constitución. Es decir, se acordó el procedimiento por medio del cual la España heredera del franquismo transitaría hacia una democracia plena. Nadie acordó el contenido de la nueva constitución ni la forma en que se administrarían las empresas del Estado o la forma de concesionar los medios. Esos asuntos serían decisión de un futuro gobierno. Los acuerdos fueron sobre cómo se decidiría y no sobre qué se decidiría. Esa fue la clave de su éxito.

El “Pacto por México” reunió a las principales fuerzas políticas y ese es su enorme valor político. En lo personal, coincido con el contenido y reconozco su trascendencia. Sin embargo, el hecho de que, para lograr el consenso, se tuvieran que eliminar detalles que se encontraban en la propuesta inicial habla por sí mismo. Esto era inevitable porque es lógico que no todos los partidos o sus facciones estén dispuestos a suscribir un pacto. La razón es doble: por una parte, es natural y legítimo que existan diferencias sustantivas entre los partidos y entre los políticos respecto a las políticas públicas y a las reformas. Seria absurdo suponer lo contrario. Por otra parte, en ausencia de un consenso respecto a los procedimientos (la esencia de los Pactos de la Moncloa), cualquier excusa sirve para que afloren pugnas y diferencias que nada tienen que ver con el asunto inmediato. 

Los mexicanos elegimos al gobierno que hoy está a cargo y, como ya lo hace, ahora es su responsabilidad negociar sus prioridades con las diversas fuerzas políticas. El conjunto decidirá lo que transita. Mi impresión es que su éxito –y su legado y rentabilidad social y política- serán mucho mayores y perdurables si logra un acuerdo de procedimientos que si pretende una inasible unanimidad de objetivos.   

lunes, 31 de octubre de 2011

De la falsa monarquía al feudalismo imperfecto


Luis Rubio ha escrito en la revista NEXOS del mes de octubre un artículo excepcionalmente visionario; su profundo y minucioso conocimiento de las Finanzas Públicas de los estados de la república le permiten dibujar el rostro de la corrupción y de la opacidad que domina las Haciendas Públicas estatales de nuestro vulnerado federalismo fiscal.

Vea usted un fragmento de su prosa:

"La dispersión de recursos, que es la norma en la actualidad, tiene características muy distintas: hoy son muy pocos los gobernadores que realizan estudios de costo y beneficio económico. Más bien, su criterio es el del beneficio personal, electoral y político, usualmente en ese orden. En tanto que antes el presidente controlaba tanto el acceso a los recursos como al poder, en la actualidad cada gobernador ve a su sexenio como una oportunidad para intentar lanzar su candidatura. Los recursos públicos acaban siendo un instrumento de promoción personal: para acumular efectivo para una eventual campaña, publicitar su imagen y desarrollar proyectos muy visibles pero no siempre relevantes y, ciertamente, poco conducentes a generar un círculo virtuoso de inversión privada, empleos y desarrollo en general. Todos acaban acumulando un tesoro suficiente para su retiro personal… El resultado ha sido mucha mayor corrupción y opacidad (que beneficia a los gobernadores), y un mucho menor crecimiento económico (que es la única forma en que se pueden lograr más empleos para los mexicanos de a pie). Es decir, la población ha perdido en tanto que los políticos han ganado."

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